Bienvenidos a mi mundo...
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SOLA EN LA OSCURIDAD

Capitulo I

Sola. Sola en la inmensa oscuridad de mi pequeño estudio cosmopolita. Los faros de los coches dibujan siluetas misteriosas en las paredes del cuarto. La luz de la vela baila en compañía de la brisa nocturna. Hace mucho calor y es imposible estar encerrada en estas cuatro paredes.

Nefer, mi preciosa gata persa, no para de dar vueltas. Pobre animal, también tiene calor. La encontré hará cuatro años en un callejón. Estaba desvalida y sola, me recordó tanto a mí… que me la llevé a casa para que pudiéramos hacernos compañía. Sus ojos color miel, y su pelaje color negro como la noche, adornan mi cama, mientras estoy sentada a su lado.

Las noches de julio se hacen cada día más insoportables. Acabo de despertar, y el hambre se hace notar en mi estómago… tengo que salir, pero antes debería coger el bolígrafo y continuar escribiendo. Necesito plasmar todos los recuerdos nostálgicos de mi pasado…

No me queda licor en el mueble bar, pero aún tengo un poco de whisky que trajo mi último “invitado”…

 

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Juliette salió de casa a comprar unas cosas que su madre Paula le había encargado. Le encantaba pasear por las calles y visitar el mercado semanal que ponían en la plaza. Livorno era una ciudad pequeña pero muy comercial. En sus calles se respiraba magia. Había comerciantes que venían cada semana a vender a la Piazza Cavour, de diferentes pueblos de la Toscana.

Juliette disfrutaba conversando con los comerciantes que tenían aquellos puestos llenos de frutas, verduras, carnes, quesos… repartidos por toda la plaza. También acariciaba las telas con estampados exóticos que traían de tierras lejanas y podía disfrutar observando accesorios de plata vieja que podían decorar de forma espectacular el cuerpo de una mujer.

A pesar de sus diecisiete años, se sentía muy orgullosa de haber nacido en Livorno. Aunque su gran sueño era vivir en la ciudad de Florencia. La gran capital de la Toscana.

Era el año 1570 y Juliette era una joven enamorada del arte. Le parecía increíble, como su país podía abarcar tanto talento. En pleno Renacimiento, todo lo que le rodeaba en aquel siglo eran descubrimientos, construcciones arquitectónicas y sobretodo arte, cientos de pinturas y esculturas que vestían las principales ciudades de Italia. Empezó la escuela a edad temprana, y siempre le había puesto mucho interés. Cada vez disfrutaba más de las explicaciones de su profesor, el sr. Nicolás Lazzero, quien le había transmitido la gran fuerza del arte. Desde entonces, su vida siempre había sido el arte. Estudiarlo era su gran pasión.

Día a día, había ido devorando libros y más libros de todo lo que fuera arte; pintura, escultura, arquitectura… las conocía todas, desde la primera piedra romana, hasta la última obra más reciente.

Juliette tenía una vida muy sencilla. Vivía en una casa de piedra, repleta de amor y cariño, junto con sus padres, Paula y Marcelo y su hermano mayor Silvio.

Cada día asistía a la escuela junto con su inseparable amiga Marina y había conocido a Valentino, un joven de diecinueve años que le había hecho conocer la primera chispa del amor.

Terminó de comprar lo que su madre le había mandado y abandonó el mercado. Giró por la Vía Giuseppe Verdi, y se dirigió con pasos tranquilos hacia su casa. Ya era casi mediodía y su madre la estaría esperando.

 

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La oscuridad inundaba mi habitación. Nefer se había tumbado a mi lado y estaba cerrando sus ojos. Su ligero ronroneo me hacía sentir pacífica. Me transmitía paz. Paz, en un alma que ya estaba maldita. Desde hacía casi cinco siglos, mi alma había sido saqueada y ahora, lo único que calmaba mi angustia y apaciguaba mi hambre, era la sangre.

Descorrí las gruesas cortinas de mi habitación y pude ver como descansaba la ciudad de Florencia en esa noche caliente y solitaria. Las pequeñas luces de las farolas iluminaban las estrechas calles y los transeúntes paseaban hacia un lado y otro sumidos en sus propias vidas.

Debía vestirme y salir. El hambre cada vez se hacía más fuerte y no podía dejar que me dominara. Tenía que salir a cazar y lo haría ya.

Me puse unos vaqueros ajustados, una camiseta de tirantes y un calzado cómodo. Lo bueno de ser inmortal es que mi cuerpo siempre se mantiene igual. Está mal decirlo pero dependía de un gran atractivo físico para seducir a mis víctimas.

Mi cabello dorado como el sol, era lo único que me recordaba a él. Desde hacía siglos no había vuelto a verlo, solo en imágenes de películas o fotografías. Y lo añoraba. Añoraba sus rayos de sol penetrando en mi piel, y bañándome de calor…

Mis ojos antes marrones y ahora de color ámbar, eran suspicaces y astutos. Con una visión que jamás pensé que existiría. Y mi oído, ahora más afinado, me permitía estar siempre en alerta ante cualquier situación.

Mi piel, era pálida como una estatua del mejor mármol florentino. Irradiaba, luz y suavidad, y era más sensual que nunca.

Y mis colmillos… mis adorables colmillos que luchaban por salir cada vez que la sangre de un humano penetraba en mi olfato… Blancos como la nieve más pura y mortales como la hoja de la mejor espada medieval.

 

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Al llegar a casa, se dirigió a la cocina, donde su madre había empezado a preparar la comida del día. Nada más entrar, Juliette pudo oler a especias, con las que su madre maceraba la carne, dejándola jugosa y sabrosa. Le encantaba ver como manejaba los utensilios de cocina y como preparaba platos exquisitos que después su familia disfrutaba.

Ese día su madre estaba preparando carne de cordero con higos y de postre se podía oler en el horno de leña una torta de almizcle terminándose de hacer.

“Mmmm…” pensaba Juliette con tan solo olerlo. Su madre se giró y le dijo:

- Carina mía, ¿Por qué has tardado tanto?-.

- Perdona madre, pero es que han traído unas telas preciosas de color vino, que no he podido evitar tocar y mirar.

- Siempre en las nubes, hija-. Y la besó en la frente.

Su madre, era una mujer preciosa y realmente excepcional. Tenía el cabello rojizo, muy largo, aunque siempre lo llevaba recogido en una larga trenza que le caía por la espalda. Tenía unos ojos castaños de una gran alegría que siempre mostraban el estado de ánimo de su madre. Eran el espejo del alma, como siempre se decía.

 

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Salí a la oscura noche. El calor me acogió y mi cuerpo sudoso, necesitaba alimentarse más que nunca.

Caminé unos pasos hacia el bar de la Via de Bardi, donde siempre encontraba algún que otro atractivo joven un poco ebrio, para poder calmar mi sed…

En seguida, mis colmillos presionaron mis encías, luchando por salir, y atravesar la piel. Había sentido el olor dulce que la sangre desprende cuando está mezclada con alcohol.

Era un joven alto, de pelo oscuro, y mirada perdida. Acababa de salir del bar, despidiéndose de alguien con la mano, y se había entregado a la noche en soledad.

Me acerqué a él, con apariencia inocente. Le pregunté:

- Perdona, pero no sé dónde está la Via di Belvedere. ¿Podría hacerme el favor de indicarme hacia donde tengo que ir?-. Mi mirada penetrante entró en contacto con sus ojos. Tenía un ligero estado de embriaguez, pero aún era consciente de todos sus movimientos.

“No será difícil” pensé.

- Por supuesto encanto… -. Me saludó mostrándome su mejor sonrisa. Sexy y a la vez astuta. Sus dientes eran magníficos, con un brillo que bajo la luz de la farola se reflejaban con más énfasis.- Si quieres, puedo acompañarla, por casualidad, me dirigía allí, que es cerca de donde vivo…-. Me sonrío otra vez. – Me llamo Joseph.-

- Muy amable por su parte. Hay pocos caballeros en este siglo… me llamo Juliette-. Extendí la mano para que se encontrara con la suya.

Y el contacto se produjo. Cuando colocó su mano en la mía, un ligero escalofrío recorrió su cuerpo.

- Encantado, Juliette. No sé porque pero siento una sensación extraña a su lado…-. Sonrió de nuevo, pero esta vez, no fue una sonrisa de galantería, no, fue una sonrisa nerviosa. En su cuerpo estaban encendiéndose las luces de emergencia.

Paseamos juntos, hablando de la noche, del calor que hacía en este mes… y cuando llegamos a la esquina de la Via di Belvedere cerca de los jardines de Boboli, pude ver que no había absolutamente nadie. Se notaba que era un martes a las tres de la madrugada, y poca gente solía pasear a esas horas cuando al día siguiente debía ir al trabajo temprano.

Así que me acerqué más a él. Joseph, en cuanto notó mi cercanía, aminoró el paso, mirándome de reojo y deslizando su mano por mi cintura.

Actuaba con coqueteo y quería algo más de mí, lo que no sabía era lo que yo quería de él. Me paré y me puse frente a él.

Me miró y se acercó más a mí. Olía su excitación y sentía el latido de su corazón pegado a mi pecho.

- No sé qué me pasa, pero es como si tuvieras un imán y me atrajeras hacia a ti-. Sus ojos se iban dilatando mientras sus manos empezaban a acariciar mis nalgas.

Me acerqué más a él, para que sintiera todo mi cuerpo y la excitación lo llevara a entregarse a mí.

- Déjate llevar Joseph, déjate llevar…-. Le susurré mientras me acercaba a él.

Y así fue como mis labios se acercaron a los suyos. Sentía su respiración en mi boca, cuando mi lengua buscó la suya. Su cuerpo se entregó a mí, con gran deseo. Mi lengua acariciaba la suya y cada vez con más fuerza. Sus brazos me rodearon acercándome más a su cuerpo y su excitación se hacía cada vez más presente entre mis muslos. La tenía totalmente dura y su corazón ahora palpitaba a gran velocidad. Sus gemidos se hundían en mi boca, mientras le acariciaba la espalda de arriba abajo. Me separé de su boca, escuchando un pequeño sonido de queja por la separación de nuestros labios, y recorrí la suave y tentadora línea hacia su cuello. Lamí su piel. Lo tenía bajo mi dominio y ahora era hora de alimentarse.

Cuando me detuve en la arteria de su suave cuello, mis colmillos rompieron hacia el exterior, con el dolor del hambre y rasgaron su dulce piel. En seguida noté el calor de su sangre en mi boca. “¡Dios! ¡Qué exquisita! ¡Qué sensación tan maravillosa!

Comencé a beber esa dulce miel, que penetraba en mi cuerpo, llenando de pasión cada poro de mi piel. Me embriagaba esa sensación de poder y a la vez ¡me hacía sentir viva!

 

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A pesar del frío que hacía en el mes de noviembre, los rayos del sol estaban en su esplendor. Esa mañana, Juliette había salido de casa y se dirigía a la escuela. Hoy estaba radiante. Se había levantado pronto para hacer su cama; desayunó y arregló sus cosas para salir de casa, su amiga Marina la estaría esperando al lado de la fuente, donde quedaban todos los días para ir juntas a la escuela.

Entraron en el edificio. Aquel recinto de magnifica construcción estaba lleno de jóvenes deseosos de aprender. Era una época de revolución artística, y Juliette se moría de ganas de aprender cada día más. El profesor Nicolás, estaba sentado acabando de preparar la clase que impartiría esa mañana. Juliette, golpeó la puerta con suavidad antes de entrar y Nicolás la miró.

- Pasa Juliette. Estoy acabando de preparar la clase de hoy ¿Qué te trae tan temprano

hoy por aquí?-.

- Buenos días señor Nicolás. Quería preguntarle cómo va el proceso de edificación de la galería degli Ufizzi en Florencia, he pensado que quizás usted sabría algo.- Su profesor era de Florencia, y ella no podía evitar preguntarle sobre la última construcción de una galería de arte al lado del rio Arno en aquella maravillosa ciudad.

- Pues va muy adelantada, pequeña. Parece mentira con lo joven que es, y lo interesada que está en estas cuestiones-.sonrió.

- Sabe que desde que empecé a estudiar, me he enamorado del arte. Me parece fascinante y maravilloso, como los humanos, pueden transformar materiales como la piedra, o el mármol en magnificas esculturas, y a través de pintura, poder plasmar sentimientos en un lienzo. ¿Acaso no es magia?-.

- Jaja, ay pequeña. Siempre tan filosófica… es mi alumna preferida Juliette. No pierda nunca ese amor por el arte-. Se levantó y le acercó un libro.

- Este libro es un clásico. Se llama Ilíada de Homero. Narra la guerra de Troya en la antigua Grecia. Este ejemplar, ha sido traducido del griego antiguo, a nuestra lengua, hará un año y es la única copia que hay ahora a día de hoy escrita en Florencia, así que cuídelo y léalo. Ya me lo devolverá cuando lo acabe-.

- ¡Gracias Sr. Nicolás! ¡Muchísimas gracias!-. Cogió el libro y lo miró.

- De nada Srta. Juliette. Ahora váyase, que dentro de unos minutos comenzaremos la lección.

Durante la lección del Sr. Nicolás, prestó mucha atención, pese a que su amiga Marina, no paraba de interrumpirla para seguirle contando la última discusión con su padre.

Se conocían desde niñas y siempre iban juntas a todos los lados. Marina era una joven muy atrevida en comparación con Juliette. De cabellos ondulados y castaños con mechas de color rojo cereza, y de ojos verdes como la hierba recién cortada en primavera, desprendía vitalidad por todos los poros de su piel.

Al mediodía llegó a casa. Su padre y su hermano ya estaban en la mesa, esperándola

para comer. Habían llegado antes del trabajo. Su hermano trabajaba con su padre desde que dejó la escuela. Tenía veintidós años. Era un chico alto y delgado. De cabellos castaños y ojos marrones tenía un gran parecido a su hermana. Siempre sonreía y tenía un carácter muy amigable. Hacía poco se había comprometido con su novia de hacía tres años. Pronto se iría de casa y empezaría su propio futuro junto con Suzanne.

Cuando entró en la cocina para ayudar a su madre, ésta le dijo que en el puesto del pan esta mañana, habían comentado que un barco pesquero llegaría a puerto esta noche. Venían jóvenes pescadores, que habría que ayudar a instalarse en el barrio y hacer que se sintieran cómodos durante la estancia en la ciudad.

 

- Juliette, al atardecer necesito que estés en casa. Iremos al puerto a recibirlos. Así podremos presentarnos ante ellos y prestarles nuestra ayuda- le pidió su madre.

- No te preocupes madre, aquí estaré-. Deseosa de poder ver un barco pesquero y conocer gente nueva.

 

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Cuando ya me sentí lo suficientemente saciada, antes de que pudiera acabar con su frágil vida, con mi lengua, acaricié los dos orificios abiertos en la piel del joven Joseph, cerrándolos y dejando dos pequeños puntitos rosados en su cuello, que no serían visibles a los ojos de un humano.

Joseph, bajo la influencia aún de mi seducción, se separó suavemente de mí, y mis ojos se clavaron en los suyos, atravesándolos con la mirada y penetrando en ellos para poder borrar los recuerdos de su memoria. Nada de lo sucedido recordaría. Y así fue como se despidió con la mano y se alejó poco a poco de mí. Le agradecí por haberme acompañado a la calle que estaba buscando y me alejé a paso ligero, mientras veía de reojo la figura del joven apuesto que me había alimentado esta noche, y había hecho sentirme viva de nuevo…

Regresé a mi apartamento. Ya pronto amanecería. Mi cuerpo notaba la llegada del sol como si de un estado de embriaguez se tratara.

La debilidad en mí, aunque me hubiera alimentado esa noche, llegaba de forma pausada, anunciándome que el día estaba a punto de asomar.

Aproveché para hacer la compra por internet. Nefer necesita su comida y durante el día me era imposible salir a comprar, así que gracias a los horarios de los centros comerciales y las compras a través del pequeño ordenador que tenía en casa, podía ir rellenando los armarios sin necesidad de salir.

Cuando acabé, corrí las cortinas y la oscuridad inundó mi habitación. Me eché en mi cama y cerré los ojos. Cada vez me sentía más débil. Hasta que me entregué al descanso eterno…

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Por la tarde, Juliette fue hacia casa de Valentino. Pero su madre Carmina, le dijo que no había llegado aún, así que decidió ir a la librería a hacer tiempo hasta que llegara.

Subió por la Vía della Maddalena, que estaba a rebosar de gente. Siguió hasta la

Piazza Manin, donde se encontraba la librería y entró.

Buscó el libro entre la numerosa colección de arte que había y se dirigió al mostrador, donde el señor Ribero la esperaba con su amable sonrisa.

 

- ¿Qué tal está hoy la preciosa Juliette?-. Le preguntó.

- Muy bien, señor Ribero. Como siempre. Liada con la escuela y mi lectura…

¿Sabe que este libro está datado del siglo X D.c.? ¡Es maravilloso!-.

- Pues no lo sabía, señorita Juliette, pero gracias a Usted, ahora sí lo sé-. Sonrió el amable librero.

- Pues hoy mi profesor, me ha dejado un ejemplar de la Ilíada de Homero, ¿la conoce usted, sr. Ribero?-.

- He oído hablar de ella. Es uno de los poemas más antiguos. Jamás la he tenido en mis manos-. Le contestó el librero.

- En cuanto pueda, se la traeré para que pueda verla. Me ha dicho que es la primera edición traducida al italiano. Ahora tengo que marcharme, pero nos veremos pronto-.

Juliette le devolvió la sonrisa y se despidió con la mano, saliendo al exterior de la librería.

Aquel trabajo era impresionante, pensó Juliette. Todo el día rodeado de libros, sin- tiendo el poder de siglos y siglos de historia y de miles de palabras de la mano de diversos escritores, cada uno con su pasado a cuestas. “Increíble” afirmó para su interior.

Empezaba a hacer más frío, cuando caía el sol, menos mal que pronto llegaría a casa de Valentino. Tenía muchas ganas de verlo y pronto sentiría el calor de sus brazos.

 

- Hola preciosa, ¿Cómo estás?-. Le saludó Valentino cuando abrió la puerta.

Era un joven muy alto y fornido para su edad. Llevaba el cabello mojado y desprendía un olor a jabón natural y a esencias de lavanda. Sus ojos, azules como el más profundo océano, buscaron los de Juliette. Se estremeció en cuanto encontraron los suyos y un ligero escalofrío recorrió su joven cuerpo.

- Muy bien. ¿Y tú? ¿Qué has hecho hoy? -. Le dio un beso en los labios y entró detrás de Valentino en el comedor de la casa.

 

Era un lugar enorme. La decoración que había hecho su madre era exquisita, pocas casas habían así en ese barrio. Siempre olía a flores recién cogidas y se mezclaban con el dulce aroma que desprendía Valentino siempre que se acercaba a él.

Conversaron durante un rato. Pero estaba anocheciendo y Juliette le había prometido a su madre que iría a casa pronto para poder ir al puerto a recibir al barco pesquero.

 

- Cariño, tengo que marcharme. Mañana pásame a ver por la tarde que mis padres tienen ganas de verte. – Se levantó y Valentino la acompañó hasta la puerta.

- No te marches tan pronto, mi pequeña… -. Se acercó a ella y la abrazó. A ella le transmitía mucha paz ese hombre y mucha tranquilidad en su vida. – Sabes que te deseo, ¿verdad?-. Le susurró a Juliette en el oído. – Apenas nos vemos y te necesito Juliette…- le besó suavemente el cuello.

- Valen, ahora no puedo, por favor no sigas-. Estaba empezando a excitarse al sentirlo tan sensual en su cuello y además Valentino se estaba haciendo notar en la entrepierna de Juliette con su miembro erecto.- Tengo que irme, no puedo retrasarme, me están esperando en casa para irnos al puerto… lo siento amor…-. Le besó dulcemente en los labios, y ella se marchó hacia casa. Era muy bonito lo que sentía por él y como la hacía sentir cuando estaba a su lado, pero nunca había dado el paso de ir más lejos con él. No se sentía preparada.

Jamás pudo imaginar lo que sentiría esa misma noche…

Cuando llegó a casa, sus padres y su hermano Silvio ya estaban listos para ir hacía el puerto. Muchos vecinos se sumaron al recibimiento del barco.

Era una noche clara, pero la brisa del mar era fría. El viento jugaba con los cabellos de

Juliette, mientras observaba como el barco se acercaba a puerto.

Cuando el barco atracó, un joven de la tripulación bajó para atarlo al amarre, y todos los vecinos empezaron a saludar a los marineros, según iban bajando.

Eran la mayoría jóvenes, de diferentes edades, y a pesar de la poca luz de la noche, se les veía en los rostros el cansancio de muchos días de navegación.

Desembarcaron cajas y cajas de pescado. Cubriendo el muelle de movimiento de gentes moviéndose de un lado a otro, descargando y cargando toda la pesca.

Juliette estaba conversando con unos vecinos y con su amiga Marina al lado, cuando vio a lo lejos un hombre que acababa de bajar del barco, de casi dos metros de altura. Un escalofrío recorrió su cuerpo, haciéndola vibrar con una extraña sensación. No podía apartar los ojos de él, su respiración se había acelerado haciéndola respirar más rápido, como si le faltara el oxígeno y su corazón latía con gran velocidad.

Vestido con un abrigo negro y unos pantalones ajustados a sus fuertes muslos, tenía un cuerpo tan escultural que parecía salido de una novela de aventuras de caballeros escoceses en las altas montañas de Highlands. Su cabello negro y largo, lo llevaba recogido con una cinta, dejando todo su rostro a la vista. Un rostro de tal belleza que el mismísimo dios Zeus lo hubiera considerado un gran desafío.

“¡Dios mío! Pensó. ¿Qué me está pasando?” Todo aquel hombre desprendía fuerza y vitalidad de una manera sobrehumana.

 

 

 

 

 

 

 



 



 

 

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